—No se suponía que fuera así.
—Ya terminó —murmura, y besa mi cabeza.
—Gracias.
—¿Por qué? —pregunta, separándose unos centímetros para verme y acomoda un mechón de pelo tras mi oreja.
—Por mantener la calma —Lo beso para no darle lugar a decir más nada.
Me arrincona contra la pared, besándome con intensidad, con necesidad, posa una de sus manos en mi nuca y la otra en mi cadera, volviéndome prisionera entre la pared y su cuerpo, hasta que volvió a sonar el timbre de la puerta; refunfuñando, la