El trayecto hasta la mansión de los Malishev fue un silencio cargado de tensión. El rugido del motor y el golpeteo sordo de la lluvia contra el parabrisas eran los únicos sonidos que rompían la quietud. Mantuve mi mano firme en el volante, pero la otra descansaba sobre la mano de Darya, sintiendo su piel helada bajo mis dedos. Sus labios estaban pálidos y sus párpados apenas se abrían, pero aún así, me dedicó una sonrisa débil cuando me vio mirarla.
—Estoy bien, Kolya —murmuró con voz entrecor