NIKOLAI
El auto avanza por las calles de Moscú, pero mi mente sigue en esa puerta que se cerró tras Aria. Mi muñeca. Mi mujer.
Mis manos se cierran en puños sobre mis muslos. No me gusta dejarla sola, no después de todo lo que ha pasado. No después de la mierda que descubrí en Francia, después de ver el rostro de ese bastardo y tener que aguantarme las ganas de volarle los sesos en ese momento.
—Señor —la voz de Viktor, uno de mis hombres más cercanos, me saca de mis pensamientos—. ¿Nos dirigim