El apartamento de Washington Park guardaba ese silencio de las diez de la noche que no era paz, sino desesperación. Neil no había movido un solo mueble desde que Eirikr salió por la puerta. El vaso de whisky seguía en la mesa de centro, el hielo derretido convertido en un charco de agua tibia que ya no servía para calmar nada. Los documentos habían desaparecido en la carpeta de Eirikr, dejando un rectángulo de polvo sobre la madera.
Neil se puso de pie. Estar sentado era aceptar el peso de la s