Isabel había pasado la tarde en la compañía silenciosa de su madre. Su teléfono sólo recibió, de vez en cuando, mensajes con interrogaciones corteses: “¿Cómo estás?”; “¿Necesitas algo?”; y sus respuestas fueron medidas y contenidas, como el muro que aún sostenía.
La noche en la finca cayó sin prisa. Isabel había cerrado la ventana de su cuarto porque hacía mucho fría, había extendido una manta sobre sus piernas y se había puesto a leer. La casa sonaba a pasos pacientes, al murmullo lejano del a