Valentina colgó el teléfono con la delicadeza fría de quien apaga una vela para que nadie vea la llama. Sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, afilada como una cuchilla escondida en un guante. La luz del atardecer, filtrada por las cortinas de la habitación, dibujaba franjas doradas sobre la alfombra y sobre la piel de su mano; la escena tenía la apariencia de la calma, pero en su pecho bullía otra cosa: una alegría oscura, tan precisa como el plan que acababa de poner en marcha.
—Bien