Lo pensó sin adornos, con la sinceridad áspera que reservaba para sus propios errores: «Verla me exaspera, pero no verla me llena de ansiedad. ¿Qué demonios está pasándome?»
Julia acababa de dejarle el café. Caliente, negro, exacto. Alejandro lo llevó a la boca y frunció apenas la comisura: amargo. Siempre lo tomó sin azúcar; siempre supo amargo. Lo extraño no fue el sabor, sino notarlo. Detalles que antes pasaban como ruido de fondo, ahora se le quedaban pegados a la piel.
Su vida, hasta hace