La casa estaba en silencio, un silencio tibio, casi sagrado, roto apenas por el sonido rítmico y suave de la respiración de Luna. Isabel estaba sentada en la mecedora junto a la ventana, con la luz de la mañana filtrándose en tonos dorados a través de las cortinas claras. Afuera, el mundo despertaba lentamente: el canto lejano de algún pájaro, el murmullo del viento moviendo los árboles, la vida siguiendo su curso sin sobresaltos.
Luna se había despertado hacía unos minutos y ahora mamaba con a