꧁ ISABEL ꧂
Desperté con una única certeza clavada en el pecho: tenía que irme de allí. No había espacio para la culpa, ni para la resignación que me había acompañado desde que puse un pie en esta casa. Ni siquiera pensé en mi madre, ni repasé la lista de agravios, ni la deuda que me había arrastrado hasta este contrato humillante. Por primera vez en semanas, mi pensamiento fue limpio, cortante y peligroso: huir.
«¿Y si me atrapan?», la duda resonó en mi mente. «No importa. Debo intentarlo».
Pero