꧁ ISABEL ꧂
Desperté con una única certeza clavada en el pecho: tenía que irme de allí. No había espacio para la culpa, ni para la resignación que me había acompañado desde que puse un pie en esta casa. Ni siquiera pensé en mi madre, ni repasé la lista de agravios, ni la deuda que me había arrastrado hasta este contrato humillante. Por primera vez en semanas, mi pensamiento fue limpio, cortante y peligroso: huir.
«¿Y si me atrapan?», la duda resonó en mi mente. «No importa. Debo intentarlo».
Pero esa casa era una prisión en toda regla. Cada pasillo parecía mirarme: cámaras diminutas incrustadas en las molduras, sensores invisibles que brillaban apenas con la luz, guardias que patrullaban con la frialdad de quien cumple un papel y Braulio, el mayordomo, que sabía hasta dónde se inclinaba la sombra de las plantas en el patio. Todo estaba diseñado para que nadie desapareciera sin que alguien lo supiera.
Respiré hondo y me acerqué al ventanal del salón. El jardín parecía burlarse de mí: ve