—Tu pelo es precioso, pero debemos cambiarlo —me avisa Paul, el estilista que Marcello había contratado para hacerme un cambio de look. El centro de belleza es absurdamente lujoso, todo blanco y espejos.
—¿No me pueden poner una peluca o algo así? —me quejo. Me aferro a mis mechones—. Mi cabello es lo que más me gusta de mí. Que sea largo y rubio me fascina.
—Vas a vivir con mis hijos, Arabella. No puedes estar poniéndote y sacándote una peluca —dice Greco, llegando a mi lado. Ayer firmé el cont