El motor del Jeep rugía bajo mí, un sonido gutural que intentaba, sin éxito, ahogar el caos en mi cabeza. Conduje como un maníaco, dejando atrás al equipo de seguridad, incapaz de tolerar que alguien más presenciara mi humillación. Apreté el volante hasta que mis nudillos se pusieron blancos. No había podido alcanzarla. La había perdido.
La ira me quemaba la garganta, pero debajo de esa furia ardiente, había un frío abismo, la misma sensación de vacío que sentí hace casi una década.
—¡Maldita s