La noche se cernía sobre la mansión con una oscuridad tangible. Me encontraba de nuevo en el despacho de Marcello, no como empleada, ni como amante fugaz, sino como co-conspiradora en una guerra fría. El aire estaba saturado de la confesión de su dolor y la presencia fantasmal de su exesposa, Emma.
—Te lo dije, Arabella. Haré que te protejan. Pero necesito que entiendas con quién estamos lidiando —dijo Marcello, su voz más baja y áspera que de costumbre. La derrota del zoológico seguía grabada