140. EL VIAJE A LA CIUDAD DE HIELO
SOL:
El Duque Azariel asintió con una sonrisa, mientras seguía diciendo que algunas contaban trágicas historias de amor, pero no quería seguir relatando; aseguró que era mejor que lo viera con mis propios ojos. Sin embargo, afirmaban que eran fascinantes y parecían reales.
Me subí al carruaje junto a una doncella, siempre con Motita en mis brazos. El gato me daba cierta seguridad y satisfacción. Su ronroneo continuó; me encantaba. A cada rato lo estrechaba y lo besaba. Motita cerraba los ojos, feliz. Al detenerse, el Duque, solícito, me ayudó a bajar.
—Si me lo permite, puedo ofrecerle mi brazo para que no resbale —dijo el Duque.
Lo miré por un instante y, cuando decidí aceptar, Motita maulló furioso contra él. Tuve que sujetarlo con fuerza para que no saltara sobre el Duque.
—Lo siento, Duque —me apresuré a decir—. Al parecer, mi compañero no le agrada. Está bien, no se preocupe; me aguantaré de mi dama si algo pasa.
Y así, con Motita en mis brazos, que mantenía los ojos casi cerrado