En lugar de eso, me recojo el pelo en una cola de caballo relajada y me dirijo a la cocina.
Le sirvo su café de siempre —tueste oscuro, negro, casi nuclear— cuando siento unos brazos que me rodean por detrás. Un beso cálido y soñoliento aterriza en mi cuello, y ahí termina mi intento de fingir que no estoy completamente perdida por este hombre.
—Cuidado —digo, sonriendo mientras su barba incipiente me roza la piel—. Arruinarás tu aterradora reputación de director ejecutivo.
—Solo contigo—, dice