Anatoly se mueve y aprieta el brazo alrededor de mi cintura, firme, protector, como si supiera exactamente en qué punto empiezo a huir hacia dentro.
Me quedo quieta.
Escuchando su respiración.
Intentando creer que esta vez, de verdad, no voy a perderlo.
Sus labios rozan mi cabello.
—¿Estás bien?
Dudo. Es una pregunta simple, pero lo que tengo atascado en la garganta no lo es.
—¿Por qué yo? —pregunto en voz baja.
Levanta un poco la cabeza de la almohada.
—¿Qué quieres decir?
No respondo enseguida. El silencio se estira entre nosotros, denso pero no incómodo. Finalmente, él también se incorpora, apoyándose en un codo, con los ojos clavados en los míos con esa intensidad suya que no juzga, solo ve.
—¿De verdad quieres saber por qué te elegí?
Asiento, apenas.
—Entonces no lo tomes a la ligera —dice con suavidad firme—. Si necesitas oírlo, lo diré las veces que haga falta.
Se acerca y sus manos cálidas descansan en mi cintura, anclándome.
—Te elegí porque contigo no finjo. Porque cuando