Sonrío. —Considéralo un riesgo laboral—.
Se aparta del mostrador y se acerca a la ventana. Durante un buen rato, solo se oye el silencio y el tictac del reloj. Entonces se da la vuelta.
—Una reunión—, dice. —En un lugar público. Yo elijo el sitio. Sin sorpresas—.
—Sí —me mira fijamente, impasible—. Pero si te atreves a bajarte de la acera sin mi permiso, te ataré de pies y manos y te traeré de vuelta yo mismo. Y Sasha se enterará.
—Me gustaría verte intentarlo —digo con una leve sonrisa.
—Per