Cuando llego al ascensor, el dolor en las sienes se ha transformado en una presión persistente detrás de los ojos. Taylor me escribió hace una hora preguntando si podía subir leche de avena. Algo cotidiano. Doméstico. Como si fuéramos una pareja común.
Como si no hubiera estado a punto de quedar atrapada en el fuego cruzado de un mundo del que juré mantenerla a salvo.
Las nuevas tarjetas están encriptadas, personalizadas, contrastadas con biometría. Charles se ocupó de todo. Las antiguas fueron retiradas, catalogadas, anuladas. Se lo he explicado más de una vez.
No me irrita. No como antes. Con ella no es ira lo que siento, sino un peso frío en el pecho. Fallé una vez. No volveré a hacerlo. Necesita certezas. Control. Seguridad. Y si cerrar todas las puertas le da paz, así será.
Aun así, le escribo desde el ascensor.
*Cinco minutos.*
*Y espero que hayas recordado la leche de avena.*
Sonrío al mirar la bolsa en mi mano.
La puerta ya está abierta cuando llego.
Taylor aparece con ropa có