Dorian avanzó con calma, pero Somali no bajó la jeringa. Su pulso se aceleró, pero su agarre seguía firme, lista para clavársela en cuanto estuviera lo suficientemente cerca. Y lo hizo.
En cuanto Dorian estuvo frente a ella, Somali enterró la jeringa en su pecho con la mayor fuerza que su debilitado cuerpo le permitió. Sin embargo, la reacción que obtuvo no fue la que esperaba. Dorian ni siquiera frunció el ceño. No hubo una mueca de dolor, ni un quejido, ni un reflejo instintivo de rechazo. De