El despacho de Alejandro olía a madera pulida y a ese perfume que él usaba, una mezcla de sándalo y algo más intenso que Mariana nunca había logrado identificar. Estaba sola, aprovechando que él había salido a una reunión de emergencia. Se suponía que solo debía dejar unos documentos sobre su escritorio, pero algo la detuvo antes de marcharse.
La gaveta del escritorio estaba entreabierta. Un descuido impropio de alguien tan meticuloso como Alejandro.
"Solo la cerraré", se dijo a sí misma, sabie