El silencio de la casa lo golpeó como una bofetada. Alejandro dejó caer su maletín en el recibidor y aflojó su corbata mientras avanzaba por el pasillo. Algo había cambiado. No era solo la ausencia de Mariana, era algo más profundo, como si el aire mismo hubiera perdido su esencia.
—¿Mariana? —llamó, sabiendo de antemano que no obtendría respuesta.
La casa estaba impecable, pero diferente. Los pequeños toques que ella había ido añadiendo durante los últimos meses —un jarrón con flores frescas,