El silencio al otro lado del teléfono se sintió como una puñalada. Olga, angustiada, colgó la llamada de golpe. El pánico comenzó a arrastrarla hacia el abismo, y decidió que no tenía más opción que ir en persona. Así que, con la dignidad destrozada, se dirigió al centro psiquiátrico.
Al llegar, intentó mantener la calma, aunque sus manos temblaban. Caminó hasta la recepción y solicitó una reunión con el doctor. Al entrar en su oficina, lo vio sentado, sereno, como si disfrutara del poder que t