En el trayecto a la villa, Mikhail, con una sonrisa astuta en los labios, intentaba tocar el brazo de Anna, quien, con expresión seria, se pegaba más y más a la ventanilla de la camioneta, alejándose justo lo suficiente para que él no pudiera alcanzarla. Mikhail, atrapado en su silla de ruedas, la observaba con diversión.
—¿Estás enojada? —preguntó él, con media sonrisa en los labios que a Anna tanto le irritaba.
—No tendría por qué estarlo —respondió ella, con los dientes apretados, sin digna