María detuvo en seco sus pasos cuando al doblar la esquina de un pasillo, vio a Mikhail avanzando con su silla de ruedas, con Anna cómodamente sentada sobre sus piernas. El impacto la golpeó como una bofetada.
Su respiración se tornó pesada, sus facciones se contrajeron en una mueca de puro desprecio, mientras sus puños se cerraban con tal fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas.
No podía soportarlo.
—Entonces es cierto... —murmuró con amargura, a la vez que el odio y la envidia luchaba