María se reclinó en su silla tras la última consulta del día, suspirando pesadamente, mientras el eco de su agotamiento llenaba el consultorio.
Su teléfono vibró sobre la mesa, sacándola de su momentánea paz. Era su hermano.
—¿Qué demonios te pasa, María? —su voz rugía al otro lado de la línea—. ¿Cómo es posible que hayas gastado una fortuna en ese maldito espejo de la antigüedad griega? ¡Es una locura!
—¡Siempre intentas manejarme! —gritó María, sus ojos brillando de furia—. ¡Es mi dinero! ¡H