—Papá, tienes que venir conmigo —dijo Lucas con la voz quebrada—. Creo que Lía está mal.
Mikhail lo miró, notando la preocupación en los ojos de su pequeño, pero mantuvo la calma. Se inclinó hacia él y le acarició el cabello con ternura.
—Tranquilo, hijo. No debemos alarmarnos hasta saber qué está pasando. Vamos a verla.
Ambos se dirigieron rápidamente hacia la cocina, donde la pequeña perrita yacía en el suelo. Estaba decaída, con un rastro de comida que había devuelto a su alrededor.
Lucas, a