Mikhail hervía por dentro; los celos le ardían como brasas incandescentes. Cada gesto de Iván, cómodamente sentado en su sofá, con las piernas cruzadas y esa sonrisa ladeada que parecía burlarse de él, le asestaba un golpe directo al pecho. Ver esa arrogancia, como si Iván ya hubiera ganado una batalla que Mikhail ni siquiera había comenzado, lo consumía de rabia.
Hubiera querido pasar las ruedas de su silla sobre los pies de su rival, pero con un esfuerzo casi sobrehumano, se tragó el impulso,