Mikhail sentía cómo la rabia lo consumía por dentro, como si su sangre hirviera a fuego lento. Su respiración era pesada, casi animal, y el humo que imaginaba saliendo de su nariz se asemejaba al de un toro bravo, listo para embestir.
—¡Nuevamente se fue! ¿Cómo se atreve a irse? —gritó, y su voz resonó en las paredes como un trueno.
Los guardias se movían frenéticamente, buscando en cada rincón, con la esperanza de que Anna aún estuviera cerca.
—Señor, según el video de la cámara de la salida,