Anna no supo en qué momento sus piernas cobraron vida. No podía creer que Mikhail aún tuviera tal efecto en ella. Estaba cediendo como una sumisa ante su dominante, cuando en realidad debería aborrecerlo por ser tan hostil y malvado con ella.
—¡No! —gritó al mismo tiempo que intentaba levantarse, pero Mikhail la atrapó nuevamente y la sometió a estar sobre su miembro erecto y palpitante.
Estaba tan extasiado que en su mente no había paso para nada más; había dejado de lado la impotencia y el