La sala de cuidados intensivos, donde el bebé de María yacía conectado a una red de máquinas que mantenían su frágil vida, era aún más lúgubre que el cuarto en el que se encontraba Lucas.
Cuando Mikhail y Anna entraron, tomados de la mano, al ver el pequeño cuerpo del bebé, visiblemente deforme, se quedaron sin aliento.
Mikhail lo recorrió, notando cómo las extremidades de su hijo parecían no haber terminado de desarrollarse, y cómo su carita estaba cubierta por una máscara de oxígeno que ap