Mikhail entró en la habitación de María con pasos firmes, y con la mirada cargada de una frialdad que había acumulado por decepción.
María, recostada en la cama, sorbía un caldo ligero que una enfermera le ofrecía. Al verlo entrar, sus ojos se iluminaron con una sonrisa maliciosa y, en un acto de sorpresa, escupió el caldo, pensando que Mikhail había venido a agradecerle.
—Amor, no me puedo levantar por el dolor que me causa la cesárea —se quejó, fingiendo ternura mientras extendía una mano ha