Mikhail asintió lentamente, con una convicción que asustó a Sergei más de lo que habría querido admitir.
Sergei salió, sintiendo el peso de la mirada reprobatoria de la señora Petrova, que lo esperaba en el pasillo como una sombra persistente.
—¿Qué tanto hablas con mi hijo? No me gusta tu influencia en él —espetó la señora Petrova.
—Buenas noches, señora —respondió Sergei educadamente, aunque en su interior luchaba por contener la ira que la señora Petrova le provocaba. Sabía que cualquier con