Con las ojeras marcadas como un panda, Mikhail estaba sentado en su oficina, con los ojos fijos en el teléfono mientras sus manos temblaban ligeramente.
Frente a él, una pila de expedientes médicos desordenados se acumulaba, documentos que había estado revisando sin descanso durante horas.
Sergei, su leal amigo, permanecía a su lado, observando en silencio, consciente de que Mikhail estaba al borde de su límite.
—No puede ser tan difícil... —murmuró Mikhail, apenas audible, mientras marcaba o