En la sala de operaciones, el ambiente era frío y cargado de tensión. Las luces brillaban intensamente sobre el cuerpo de María, que yacía temblorosa en la camilla.
El sudor cubría su frente, y sus ojos, enrojecidos por el llanto, se mantenían fijos en el techo. Sabía que no podía pujar. Estaba agotada, sin fuerzas, pero más que el cansancio, era el miedo el que la consumía.
—No puedo… no puedo… —susurraba entre sollozos, mientras una enfermera le secaba el sudor con una toalla tibia.
El docto