Aunque habían pasado tres días, María estaba desquiciada, consumida por el odio y la rabia.
La imagen de Mikhail sonriendo y celebrando el embarazo de Anna seguía rondando su mente, como un eco incesante que la atormentaba.
«Si no puedo tener un hijo sano y feliz, entonces nadie lo tendrá», pensaba con amargura, mientras su mente ideaba un plan cruel.
Decidida a vengarse, sabía que si quería destruir a Anna y a Mikhail, arrancarles a Lucas sería el golpe más devastador. No le importaba lo qu