—No me vengas con esas —respondió el hermano de María, endureciendo el rostro—. Tú me usaste, me hiciste cómplice de tu locura sin siquiera pedirme opinión. Todo lo que hice fue por ti, y mírame ahora. Aquí estoy, pagando por tus estupideces.
—¡No te atrevas a hacerte la víctima! —gritó María—. Eres un asesino. Intentaste matar al hombre que amo, ¡y eso nunca te lo voy a perdonar!
—¿Y yo debería perdonarte por destruir mi vida? —respondió él, con una mirada gélida—. No me importa lo que hagas a