El sonido del metal barato rozando contra los pestillos oxidados de la cerradura fue lo más parecido a un milagro que Alexandra había escuchado en años. No hubo escáneres biométricos, ni guardias de seguridad con rostros inescrutables asintiendo en silencio, ni portones de hierro forjado que se cerraban a sus espaldas como las fauces de una bestia. Solo una llave común, dentada y desgastada, girando con un chasquido torpe en la puerta de madera blanca de una casa que apenas superaba los setenta