El frío de finales de noviembre se había instalado en la ciudad con una tenacidad implacable, escarchando los parabrisas de los automóviles aparcados en la calle y volviendo el aire denso y cortante. Era martes, faltaban tres días para el cierre de mes, y el despertador de Alexandra sonó exactamente a las cinco y media de la mañana.
La rutina comenzó con la precisión de un reloj suizo. Preparó el desayuno, planchó el uniforme de Damián y se vistió con su habitual falda oscura y suéter de punto.