El mayor lujo que Alexandra había experimentado en los últimos siete años no era un collar de diamantes, ni una suite en un hotel parisino. Era el silencio absoluto de un sábado por la mañana sin alarmas.
Se despertó lentamente, dejando que la luz del sol, que se filtraba a través de las persianas de plástico, le acariciara el rostro. No saltó de la cama con el corazón desbocado, no revisó el perímetro, no buscó su teléfono para confirmar si alguna tragedia corporativa requería su atención. Sim