La sala de juntas del piso sesenta y cinco estaba sumida en un silencio tan denso que casi se podía masticar.
Doce de los accionistas más poderosos del país me miraban fijamente, mientras Victoria Navarro mantenía ambas manos apoyadas sobre la empuñadura de su bastón de plata, esperando una explicación que justificara el supuesto suicidio financiero de su nieto.
Caleb no dijo una sola palabra. Se limitó a dar un paso hacia un lado, cediéndome el escenario con una confianza tan absoluta que me l