Mundo ficciónIniciar sesiónEl Centro de Detención Metropolitana de Brooklyn era una mole de hormigón gris y alambre de púas, un recordatorio brutal de que el poder y el dinero no te hacían inmune al sistema de justicia federal.
Tras dos horas de protocolos, cateos humillantes y la intervención constante de Arthur invocando el privilegio abogado-cliente para permitirme la entrada como su representante legal, me condujeron a una pequeña sala de visitas.
La habitación estaba dividida por un grueso cristal blindado. A mi lado de la barrera había una silla de metal soldada al suelo y un teléfono de plástico negro colgado de la pared.
Me senté, sintiendo que el aire olía a desesperanza y desinfectante.
Un minuto después, la pesada puerta de acero del otro lado del cristal se abrió.
Un guardia escoltó a Caleb hacia la cabina. El impacto visual casi me hizo soltar un sollozo. Le habían quitado su traje a medida, su reloj y su libertad. Llevaba el uniforme naranja estándar de los reclusos federales. Sus muñecas estaban esposadas frente a él.
Pero a pesar del uniforme indigno y las ojeras pronunciadas bajo sus ojos, Caleb Navarro no lucía derrotado. Lucía peligroso. La forma en que caminaba, la tensión en sus hombros y la mirada oscura que clavó en el guardia antes de sentarse, dejaban claro que era un depredador encerrado temporalmente en una jaula.
Se sentó al otro lado del cristal. Levantó las manos esposadas con dificultad, descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja.
Mis manos temblaban cuando tomé mi propio auricular.
—Estás a salvo —fueron las primeras palabras de Caleb. Su voz, distorsionada por el altavoz barato del teléfono, sonó ronca y urgente—. Dime que no te arrestaron, Alex. Dime que Thorne no se atrevió a tocarte.
El alivio y el dolor chocaron en mi pecho. Incluso allí, despojado de todo, su primera preocupación era yo.
—Estoy libre, Caleb. Estoy bien —respondí, pegando la palma de mi mano contra el cristal grueso.
Caleb cerró los ojos por una fracción de segundo. Exhaló profundamente, y vi cómo la tensión más letal abandonaba sus hombros. Levantó sus manos esposadas y apoyó la punta de sus dedos en el cristal, exactamente donde descansaba mi mano.
—Tengo buenas y malas noticias —le dije, forzándome a ser la estratega que él necesitaba, no la esposa asustada—. La buena es que Thorne no tomó la empresa. Tu abuela asumió la presidencia interina. Nos compró tiempo.
Una sonrisa amarga y carente de humor curvó los labios de Caleb.
—La vieja arpía. Siempre supe que preferiría hundir el barco ella misma antes de dejar que un forastero tomara el timón.—Esa es la mala noticia —tragué saliva, bajando la voz—. Los peritos del FBI me dijeron que el análisis de desencriptación del disco duro podría tardar hasta diez días por la burocracia federal. Thorne tiene contactos. Está pagando a gente de adentro para retrasar la evidencia y destruir el disco antes de que lleguen a sus IPs. No puedes quedarte aquí diez días, Caleb. No lo voy a permitir.
La mirada de Caleb se oscureció. La dinámica entre nosotros era asfixiante. Él estaba inmovilizado, y yo era la única pieza libre en el tablero.
—Si Thorne controla el tiempo legal, tenemos que cambiar el campo de batalla, Alexandra —dijo él, su mente financiera engranándose a la perfección con la mía—. Tienes que sacarlo de las sombras. Haz que el FBI no pueda seguir barriendo este caso bajo la alfombra.
—No tengo el presupuesto para una campaña masiva, nuestras cuentas están congeladas...
—No necesitas presupuesto, necesitas munición —la interrumpió Caleb, su voz volviéndose un murmullo tenso y táctico—. Piensa. Cuando expusimos a Vargas y a Mateo, tú rastreaste sus cuentas fantasma. Thorne era socio oculto de ellos. Sus filiales inmobiliarias deben estar conectadas a esa misma red de lavado.
El cerebro me hizo un clic.
—Los servidores antiguos... —susurré, acercándome más al cristal—. Cuando Mateo me robó la agencia, hice una copia de seguridad física de todos nuestros correos y transacciones de los últimos cinco años. La tengo escondida. Si indago lo suficiente, encontraré la conexión directa entre Thorne y la red de Vargas.—Exacto —Caleb asintió, el orgullo brillando en sus ojos oscuros—. Encuentra esos registros. Filtra a la prensa independiente que Thorne usó sobornos para monopolizar Hudson Yards. Cuando las acciones de sus propias empresas empiecen a sangrar en la bolsa, Thorne entrará en pánico. Y un hombre arrogante en pánico siempre comete errores.
Asentí, mi mente asimilando el plan con una claridad gélida. Iba a usar mis propias manos para desmantelar su imperio de relaciones públicas.
—Se acabó el tiempo —ladró el guardia detrás de Caleb, tocándole el hombro con rudeza.
Caleb no se movió de inmediato. Mantuvo su mano pegada al cristal, frente a la mía. Sus ojos se clavaron en los míos, y el muro de frialdad corporativa se desmoronó, dejando al descubierto una posesividad oscura, visceral y absoluta.
—Acaba con él, Alexandra —susurró él por el auricular, su voz ronca vibrando directamente en mi pecho—. Y luego ven a sacarme de aquí.
—Estarás en casa antes de que termine la semana —prometí, con una ferocidad que me quemó la garganta.







