El Centro de Detención Metropolitana de Brooklyn era una mole de hormigón gris y alambre de púas, un recordatorio brutal de que el poder y el dinero no te hacían inmune al sistema de justicia federal.
Tras dos horas de protocolos, cateos humillantes y la intervención constante de Arthur invocando el privilegio abogado-cliente para permitirme la entrada como su representante legal, me condujeron a una pequeña sala de visitas.
La habitación estaba dividida por un grueso cristal blindado. A mi lad