El silencio de la mansión Navarro era sepulcral.
La inmensa sala de estar, decorada con antigüedades invaluables y alfombras persas, parecía un mausoleo. Victoria Navarro estaba sentada en su habitual sillón de orejas, bebiendo té. A su lado, su bastón de plata captaba la luz matutina.
No me había cambiado de ropa. Fui directamente desde la oficina de Arthur. Quería que ella viera el barro en mis zapatos, el cansancio en mis ojos y la resolución de alguien que no tenía nada que perder.
La matri