El trayecto desde la prisión federal hasta mi nuevo loft en Brooklyn fue un borrón de lluvia y asfalto gris.
La imagen de Caleb, vestido con aquel uniforme naranja pero irradiando una letalidad indomable detrás del cristal, se había grabado a fuego en mi mente. Me había dado una orden clara: no usar a sus abogados, no usar vías legales. Quería que incendiara el mundo de Julian Thorne usando mis propias armas. Y eso era exactamente lo que iba a hacer.
Cuando el coche blindado se detuvo frente al