El trayecto desde las entrañas de la Torre Pierce hasta la inmensa propiedad en Westchester transcurrió en una bruma de disociación absoluta para Alexandra. El interior de la camioneta blindada, aislado del rugido del motor y de la tormenta que azotaba Nueva York, se había convertido en una cámara de vacío. A su lado, Caleb no era el marido posesivo que le había exigido devoción a cuarenta mil pies de altura; era un depredador saciado, vibrando con la oscura adrenalina de la masacre.
La lluvia