El descenso hacia las entrañas de Nueva York fue un golpe de realidad brutal, carente de cualquier atisbo de la poesía melancólica que había teñido los cielos de París. El Gulfstream privado había aterrizado en la pista bajo una lluvia gélida, y el trayecto hasta el corazón de Manhattan se había desarrollado en un silencio sepulcral, espeso, cargado de una electricidad estática que presagiaba la tormenta.
No se dirigieron a la mansión de Westchester. El convoy de tres camionetas blindadas negra