El trayecto desde el museo hasta el château de Valerian fue un mausoleo rodante. El interior del Mercedes Maybach estaba sumido en un silencio tan denso que parecía tener masa y peso. La lluvia de la madrugada parisina golpeaba contra los cristales tintados, distorsionando las luces de neón y los faroles dorados en líneas borrosas de melancolía.
Alexandra estaba sentada en el centro del amplio asiento trasero. A su izquierda, Valerian, con la mirada fija en la ventana, un perfil tallado en márm