El aire de París era frío, impregnado con el olor a lluvia reciente y a café tostado, pero cuando Alexandra salió por las puertas automáticas del aeropuerto Charles de Gaulle, lo único que sintió fue asfixia.
Ocho horas de vuelo. Cuatro mil ochocientos kilómetros de distancia. Se suponía que la distancia física debía actuar como un torniquete, deteniendo la hemorragia emocional que había dejado la despedida, pero la realidad era muy distinta. Respirar dolía. Parpadear dolía.
Un chofer uniformad