El despacho privado del ala este de la finca nunca había sido un lugar de trabajo. Era, en realidad, un santuario. Un espacio de techos altísimos, paredes revestidas con los lomos de cuero de miles de libros que nadie leía, y una mesa de caoba maciza que había pertenecido a un estadista del siglo diecinueve. Aquel despacho era donde Caleb tomaba sus decisiones más crueles y donde yo, desde que me mudé a esta fortaleza, había aprendido a entender la profundidad de su monstruosidad y la altura de