El Accidente

La luz azulada de la pantalla del teléfono iluminaba el rostro de Caleb en la oscuridad de la habitación.

Reporte de Accidente de Tránsito. Víctimas fatales: Elena y Arthur Navarro.

Sus ojos recorrieron la nota al pie del documento una y otra vez. Rivera. El apellido de la mujer que dormía pacíficamente a escasos centímetros de él, con la respiración acompasada y el cuerpo aún tibio por la entrega absoluta que acababan de compartir.

Caleb bloqueó la pantalla. La habitación quedó sumida de nuevo en la negrura total, pero la mente del CEO operaba a una velocidad vertiginosa.

Él sabía de la empresa de transporte. Cuando su equipo de riesgos y seguridad le armó el expediente sobre Alexandra hace seis meses, el historial financiero de su familia había sido desmenuzado. Sabía que el padre de ella, antes de convertirse en un humilde profesor de secundaria, había invertido todos sus ahorros en una franquicia de logística que terminó en quiebra tras un accidente fatal.

Lo que Caleb no sabía —lo que los registros públicos de la época habían omitido por un acuerdo extrajudicial— era la identidad de las víctimas de aquel camión. Sus propios padres.

Miró a Alexandra. Su rostro estaba relajado, el cabello oscuro esparcido sobre las almohadas blancas. Ella no tenía ni la menor idea. Era solo una niña cuando ocurrió el accidente que arruinó a su padre.

Pero en el mundo en el que Caleb se movía, la ignorancia no era un escudo. Era una debilidad. Quienquiera que le hubiera enviado ese correo encriptado estaba amenazando con usar el pasado para destruirlos a ambos. Si la junta directiva o la prensa se enteraban de que el CEO de Navarro Holdings se había casado con la hija del hombre cuyo camión mató a los herederos del imperio, el escándalo destrozaría las acciones y anularía el matrimonio al instante.

Y peor aún: si Alexandra veía ese documento y lo sumaba al hecho de que él la había estado investigando durante medio año, sacaría la única conclusión lógica. Creería que todo este matrimonio era una trampa. Una venganza meticulosamente planeada.

Caleb apretó la mandíbula. Desbloqueó el teléfono, reenvió el archivo a su jefe de ciberseguridad con una sola orden: «Rastrea la IP. Destruye la fuente. Y entierra cualquier registro público que vincule a Rivera Logística con el caso de mis padres. Ahora.»

Luego, eliminó el correo de su bandeja de entrada.

Si quería protegerla del infierno que se avecinaba, tendría que volver a ponerse esa máscara de despiadado.

* * *

[Alexandra]

Cuando desperté a la mañana siguiente, el frío se había colado bajo las sábanas.

Estiré el brazo, buscando el calor del cuerpo de Caleb, pero solo encontré sábanas vacías y perfectamente alisadas. Abrí los ojos, parpadeando contra la luz grisácea que se filtraba por los inmensos ventanales.

Caleb estaba de pie frente al espejo del vestidor. Ya llevaba un traje azul marino impecable, la corbata perfectamente anudada y el reloj de platino en su muñeca izquierda. Su postura era rígida, los hombros cuadrados, irradiando una autoridad gélida que me hizo tragar saliva.

—Buenos días —murmuré, incorporándome y apoyando la espalda en el cabecero de la cama.

Caleb me miró a través del reflejo del espejo. Sus ojos, que apenas unas horas atrás me habían mirado con una devoción y una vulnerabilidad que casi me hicieron llorar, ahora eran dos pozos de obsidiana. Vacíos. Implacables.

—Tienes cuarenta minutos para arreglarte, Alexandra —dijo, su voz plana y desprovista de cualquier calidez—. Marcus te escoltará a tu oficina. Tienes prohibido salir del edificio sin él, y he cancelado todos tus almuerzos de negocios de hoy. Pedirás comida a tu escritorio.

El contraste fue tan brutal que sentí como si me hubieran abofeteado.

—¿Perdona? ¿Cancelaste mis reuniones?

—Mateo está en una celda, pero las réplicas del arresto van a sacudir a sus inversores —respondió Caleb, girándose hacia mí. Caminó hasta los pies de la cama, mirándome desde arriba con la misma frialdad con la que evaluaba un balance financiero—. No voy a arriesgarme a que un prestamista resentido intente abordarte en un restaurante. Es control de daños básico. Te quedas en tu oficina hoy.

Apreté las sábanas contra mi pecho.

—Ayer, después de que Mateo me apuntara con un arma, me dijiste que mi vida era tuya. Me trataste como a tu esposa, no como a una inversión. ¿Qué cambió en ocho horas, Caleb?

Los músculos de su mandíbula saltaron levemente, pero su expresión no varió ni un milímetro.

—Ayer la adrenalina nubló el juicio de ambos. Estábamos lidiando con el trauma. Pero hoy los mercados abren en una hora. No podemos permitirnos ser sentimentales, Alex. Eres un activo crítico para este holding. Actúa como tal.

Dio media vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás, el eco de sus zapatos de cuero resonando contra el suelo de madera como martillazos en mi pecho.

Me quedé sentada en la inmensa cama, el frío calándome hasta los huesos. Había cruzado la línea. Me había entregado a él en cuerpo y alma, creyendo que el muro de hielo se había derretido por fin. Pero Caleb Navarro me acababa de demostrar que, al amanecer, el Diablo siempre vuelve a ser el Diablo.

A las dos de la tarde, la atmósfera en mi nuevo loft en Brooklyn era asfixiante, y no por el trabajo.

Había intentado concentrarme en las cuentas de mis clientes, pero mi mente volvía una y otra vez a la fría mirada de Caleb. Algo estaba mal. La intuición que me había convertido en la mejor relacionista pública de la ciudad me gritaba que la actitud de Caleb no era "control de daños financiero". Era una barrera construida de la noche a la mañana para mantenerme alejada.

Mi teléfono privado, el que solo usaban tres personas en el mundo, vibró sobre el escritorio.

El identificador de llamadas me dejó paralizada.

Victoria Navarro.

Contesté al segundo ring, manteniendo mi tono profesional.

—Señora Navarro. Qué sorpresa.

Espero que la seguridad de mi nieto no te tenga demasiado aburrida en esa oficina de ladrillos, Alexandra —la voz de la matriarca sonó nítida, elegante y cargada de veneno educado—. Necesito verte. Ahora. He enviado un coche a la puerta trasera de tu edificio. No le menciones esto a Caleb ni a sus gorilas.

Fruncí el ceño. El protocolo de la familia Navarro dictaba que la matriarca nunca daba explicaciones por teléfono.

—Si esto es sobre la gala del fin de semana, los preparativos están...

Esto es sobre tu padre, Alexandra —me interrumpió Victoria. El silencio al otro lado de la línea fue letal—. Baja en cinco minutos. O atente a las consecuencias.

El corazón me dio un vuelco. Mi padre había fallecido cuando yo estaba en la universidad. Era un simple profesor. ¿Qué demonios tenía que ver Victoria Navarro con él?

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