246. MI HERMANA DILETTA

CELIA:

Me acerqué cautelosamente a la puerta, aún empuñando el jarrón, y la abrí de golpe. Allí estaba Nectáreo, sujetando a una Diletta empapada en sudor y con expresión furibunda.

—¿Qué ha ocurrido? —inquirí, haciéndome a un lado para que mis hermanos entraran.

—¡Suéltame ya, hermano! —gruñó Diletta, con los ojos inyectados en sangre por la ira—. Estaba entrenando, por eso apagué el maldito teléfono.

—Te advertí que no apagaras ese aparato. Estamos en guerra y ustedes dos, con su sangre dora
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