La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de mi habitación mientras contemplaba el techo, incapaz de conciliar el sueño. La imagen de Nathaniel, vulnerable y casi humano durante nuestra cena, se repetía en mi mente como una película que no podía detener. Había algo en su mirada, un destello de dolor que contradecía todo lo que creía saber sobre él.
Me levanté y me dirigí a la cocina para preparar café. La mansión estaba en silencio, como si el mundo entero contuviera la respiración. Tomé